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Chapter UNOTriste de cuna
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CHAPTER UNO

Triste de cuna

La noche, el viejo, la jaula

—Viejo, ¿estás despierto?

Noches de maya

—Viejo, ¿estás despierto? —le preguntó en la oscuridad de la noche. No le contestaba por más que se prestó. Remeneándolo como cerezo japonés, logró abrirle los ojos, pero no decía nada. Había muerto hace varios días y ella no lo notaba, eso creo. —Viejo, me ha salido otra cana—exclamó, con ella en la mano. Alcanzó por encima de su espalda cuadrada, agarrándole su lánguido brazo y se la enseñó como muestra de que no mentía. —Mira, no te miento—continuaba. Eran las dos y media. Les acompañaba la calma del sereno, rosando las palmas contra el techo. Arañaban igual que las olas montecristeñas despidiéndose de la blanca arena. La puerta de aquella vieja letrina se oía golpear, suavemente, contra una cadena oxidada y el zumbido de un mosquito afeminado llenaba el silencio alarmante que les ahogaba, dentro del mosquitero. Sobre aquellas pálidas paredes de cuaba, bailaba la sombra de un lagarto rascando su garganta, cerca de la ventana. Por sus huecos y grietas, se colaban los cantos de sapos y chicharras que, dulcemente, dormían a la madrugada. Una sinfonía de caricias se sentía en la brisa, lubricándose con la tibia humedad dentro de los pétalos sangrientos de las cayenas. La huella de una babosa perdida, sobre las losetas cuarteadas del jardín desvanecía, a varias piedras de la orilla que por las noches secaba. Una perra tetona temblaba recostada detrás del anafe, sacudiéndose las garrapatas tras su oído. El negro gato insomnio, por su nariz pasaba cansado y guipaba de reojo, sin mucho de qué hablar, siquiera se lamía. Ambos escuchaban la puerta golpear la cadena y vigilaban cada pequeño fragmento que, más allá de las palmas, las olas traían. Dos neuróticos desvelados, incapaces de despertar. A su lado,

una jaula de cría: dos conejos ciegos, una gallina gira y un par de rasconcillos que no cesaban de arrullar. La gira dormía apoyándose de un palo atravesando la jaula descompuesta, llena de grisácea cica que no paraba de caer, pintando todo lo que le rodeaba, incluyendo la perra que, debajo de ella dormía. El jardín estaba lleno de latas de aceite crisol vestidas de jazmines, orquídeos y orejas de ratón. Allí habitaban unas mariquitas, gusanos verdes, grillos, arañitas y una cacata peluda con ojos de belluga. Se podían ver pequeñas hormigas marchando dentro del caparazón de una vieja tortuga cargando bolitas negras hacia un laberinto de pan. Los hábiles anteojos de cangrejitos merengueros, muy cerca bailaban, bajo la luna nueva. En la arena sumergían sus dedos, hacían burbujas y espumas blancas, aposadas en sus conchas. Se espantaban hasta con el eco que muy dentro sonaba. Aquí, cerca de la salada orilla, las palmas de coco campestre decoraban el paisaje con su tronco cenizo y arrugado. En la cima, su cabellera frondosa, exhibían un par de frutos a través de la luz menguante, que a la vez era brillo y a la vez era nada, talvez el reflejo de la luz sobre el espejo azul, o las luces cruzando cientos de kilómetros, de cayo a cayo. Un dulce sonido, de sus canas brotaba, como un ábaco rudimentario u la lluvia inconsciente desbordada sobre las hojas de cinc, un poco antes de anochecer. El cielo, sospechoso de traición, iluminaba con estrellas la oscuridad que le rodeaba, algunas fugaces quemaban desde su interior, emitiendo el último llanto hacia Nairobi, la cual, bajo poca luz, se desvelaba. Era de poco dormir, siempre encontraba una que otra cosa que hacer. Arreglaba el mosquitero, rellenaba la lámpara y limpiaba su cristal con periódicos del año anterior. Ataba sogas de distintos colores en forma de bandera y las convertía en hamacas para venderles a los turistas que visitaban al morro y sus cautivantes salinas.

No muy amante a la comida, algunas verduras, un pedazo de casabe y su taza de café por las mañanas y justo después de comer. Siempre tomaba agua de coco y comía de su blanca masa, dejando su greña caer por doquier, mientras que la dulce azúcar, en sus labios se asentaba. Las hormigas caribes, festejaban con regocijo y formaban un escándalo estrenuo cuando sentían el último bocado por su boca vibrar. Algunas greñas secas llevaban rostros de gente que, al parecer, eran hechos por un niño o una niña. Probablemente un niño, se parecían más a máscaras y garabatos que rostros y caras. Los habían decorados con caracoles y vestían algas de diadema —pensándolo bien, a lo mejor era una niña, o talvez ambos jugaban al juego de crear lo imaginario dentro de un mundo de corto fin— eran elevados con ramas caídas y palos a la deriva que con ella traía, el alta mar. Brazos y piernas injertos con palma fresca, trenzada entre nervios y agujeros. Vestían faldas y pétalos caídos de la brisa de un ayer. Los rostros se fijaban hacia el allá, hacia lo desconocido, hacia la línea superficial del cielo, hacia la luz que cambiaba de colores por la noche y durante el día. Eran siete, de cada uno. Siete con faldas y siete desnudos. Todos dándole frente a Apolo y su deslumbrante luz, con sus pies enterrados en los fríos escombros de la arena. Húmedos. Pudriéndose junto a las vainas que a su lado yacían, tristes y vacías. Se arrastraban rarezas difíciles de percibir, algunas cargaban con espinas sobre su caparazón, otras buscaban uno que habitar. Qué habrán hecho para perder las suyas y si no las perdieron, por qué habrán de dejarlas. Desnudas, enredaban sus extremidades sobre los cadáveres y huesos ambiguos que, en su arenoso camino, encontraban. Expandían sus antenas con óptima sensibilidad, y parecían sentir el más mínimo cismo en los precipicios sumergidos bajo la salada fluidez. Que oscura es nuestra vida bajo el sol, que cochina aquella de una cochinilla ingiriendo mierda en

su soledad, como Nairobi, quien, hasta el sol de hoy, comía sola, aunque la acompañaban los cadáveres de sus familiares. Le gustaba el lambí que pescaba entre los corales. Lo limpiaba con limón y así se lo comía, sentada junto a ellos que, en el reflejo de sus ojos, felices se veían. A veces se sentía triste al ver que nunca querían de comer, pero siempre intentaba. —Es fresco—solía decirles, mientras le echaba un gajo de limón verde. Hay dos tipos de limón: verde y amarillo. No hay azul, rojo ni canela, solo verde y amarillo. Se los compraba a una vieja chiflera que los vendía en los muelles. Era una fruta que se le hacía difícil de prender sobre la vieja cabra, donde muy poco vivía. —¿De dónde son los limones? —le preguntó. —Son de Santa María. De la finca del señor Rodríguez —le respondió, la primera vez que de ella compró—. Son muy buenos, mire, puro jugo. —Deme un saco —le contestó. Tenía una lancha pequeña, azul cielo, de madera, con un motor de bajo consumo. Lo cuidaba más que a sus propios dientes, lo mantenía limpio, engrasado y anillado. Dentro, un galón de gasolina. Lo amarraba de un tronco de coco con una soga larga, gruesa, sin color y con un pequeño cubo le sacaba el agua salada que se colaba con las olas. Lo halaba sobre la arena hasta que mostrara las lapas que sobre su casco se apegaban. Con firmeza, las arrancaba, una tras otra, con el puñal de su abuelo y se las tiraba a la tetona Lasy y al gato Mizu. Ya extrañaban el saborcito de su masa y sabían que casi era hora de la próxima vuelta. —Bueno si no me quieres responder —le decía, resignada—. Regreso pronto, cuida de Nicolás. Voy al muelle. Tomó una pequeña pausa para observarlos una vez más antes de partir. Se acercó a ellos y le dio un beso a cada uno.

—Adiós mi amor, te comportas bien. Escucha a tu padre —le dijo a Nicolás, mientras lo tocaba en la frente. Su pelo se quedaba inmóvil, descolorido, y su rostro parecía a la piel de culebra. Le pasó la mano por su mejilla, suavemente, para no despertarlo—. Y tú, ¿no te vas a despedir de mí? —le exclamó a Emilio—. Ya no me besas, ni siquiera respondes. Será como quieras. Entre su pecho cuscuteó una llave que guardaba en sus brasieles. Abrió el candado que permanecía encerrándolos entre cadenas y pestillos. Era un candado de los buenos, color bronce. De camino a su lancha la perra y el gato le perseguían entre sus piernas, maullando y llorisqueándole. Se le notaba el hambre hasta en la forma de pedir. La perra casi podía mover sus patas traseras y el gato usaba una de sus vidas para sobar su cara sobre su tobillo izquierdo. La hicieron tropezar pisoteando sus calizos remendados, alzó su pierna y pisó fuertemente sobre un caracol. —¡Ya, ya! Pronto vengo —les prometió. 5

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Whisper · Chico Montecristi

the story of a teacher's suicide would be mustered over lunch like fries

2025

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Anchored · Chico Montecristi

suicide was not one of them

2025

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Whisper · Chico Montecristi

You can't really trust the voices you hear

2025

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