CHAPTER DOS
La escuela, la nieve, el despertar
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El sueño comenzaba de la misma manera.
— Recoleta
Desperté en el regazo ajeno de una mujer con mis brazos cruzados sobre mi pecho, en el centro de un prado. Las flores salvajes ocupaban más lugar que el césped y en los pétalos blancos, amarillos y azules la luz del sol se posaba. No quise abrir los ojos, sabía que aún permanecía dormido, que al otro lado de mi sueño estaba madre, la salvadoreña, la mexicana y tío Vásquez gritando cosas insignificantes. Lo había intentado anteriormente, soñar despierto, pero cada vez que abría los ojos despertaba a lo mismo: cuatro paredes rellenas de un colchón talla Twin, una persiana como puerta, el jodido golpe del reclinatorio cerca a la cabecera y el segmento deportivo de Rolman Vergara en el televisor.
El sueño, las veces que lo pude recrear, comenzaba de la misma manera: mi cabeza dormida sobre las piernas de una mujer—hasta el sol de hoy no he visto su rostro—en medio de un prado lleno de flores salvajes. Podía permanecer allí, sobre sus piernas, las horas que quisiera o las que mi realidad me prestara. Desde lejos veía mi cuerpo recostado sobre ella, su sombra sobre la mía y los árboles que formaban bosques de pino, piedra, lagos, frutos y bestias en su plena profundidad. Pero no podía abrir los ojos, no pude ver el prado con mis pupilas oscuras, oler las flores bajo mi nariz, sentir el calor de sus piernas negras mientras pasaba sus largos dedos por mi pelo y me rosaba la frente con su pecho. Quise abrir los ojos, aquella noche, pero no tuve suficiente valor y dejé que cayera la noche contando las flores.
En horas desperté sin prestarle atención al reloj. Fecha: viernes trece de febrero, 2006; tiempo estimado: 05:05; último día de clases antes de las vacaciones invernales, diez años atrás; temperatura estimada: 5 centígrados bajo cero. A mi sorpresa, la luz del baño estaba prendida y lo que sobraba del espejo que cubría el botiquín estaba empañado. No le di mucha mente y con mis calzoncillos me estregué las axilas, el culo y el rabo. Mi ropa la tenía doblada en el lavabo y mis calcetines, como de costumbre, estaban con mis botas junto a la calefacción. En segundos, le amarré el último cordón a mis botas y le cerré el último botón a mi abrigo de plumas. Antes de salir, me aseguré de que mi mochila tuviera al libro de Du Bois que quería míster Matamoros, el de Steinbeck que pidió míster Jackson, el de Lee que nos dio el nuevo tutor—no sé escribir su nombre—Captain Underpants porque me daba la gana, un repaso de química avanzada, dos cuadernos gráficos y una calculadora que usaba más baterías que todo el estado de tejas.
Aunque supiera que mi mochila estuviera lista, nunca olvidaba revisar que las puntas de mis lápices estuviesen perfiladas, negras y que la goma de borrar estuviese limpia, blanca. No me agradaba la idea de ser tan rígido, pero tampoco me agradaba la idea de ser el estudiante procaz del cual platiquen los maestros durante sus descansos laborales. Más vale prevenir, dicen. Bueno, nada nuevo, pensé. Caminé hacia el portón con toda calma y entusiasmo, saqué mis llaves de mi bolsillo y lo cerré. Al pisar el último escalón de la escalera negra, me di cuenta de que—recostado contra el poste de luz que no alumbraba—Vásquez esperaba con sus muletas al lado. La acera se disfrazaba de vapores proviniendo de sus entrañas, de lo más profundo de las alcantarillas de la ciudad, vapores que mercurialmente dibujaban el paisaje. Llevaba un gorro gris sobre su calva, un suéter verde sobre su pecho peludo, pantalones embarrados de pintura sobre la comadreja—doblando el ruedo derecho—y un abrigo de lana negra poniendo el último punto sobre la i.
—La bendición, tío Vásquez —le dije con mucho respeto.
—Buen día —respondió. Aunque hablaba poco, lo que me dijo después iba a cambiar la trayectoria de mi vida en formas que todavía no comprendo y que nunca creo poder comprender—. Después de la escuela no vaya a casa—me hablaba como a un adulto—vaya al edificio dos, piso tres, apartamento M. Si no está abierta la puerta: no toque ni entre.
El autobús llegaba en tres minutos, los maestros iban a entregar trabajo de vacaciones y debía presentar el proyecto en la clase de español… ese viernes no iba a ser el día que el tío Vásquez y yo comenzaríamos a intercambiar palabras.
—De acuerdo, tío —le dije y me marché.
La parada de autobús estaba a tres cuadras del edificio, justamente al lado de la biblioteca. Llegaba a las 05:30, sin retrasos, con suficiente espacio para acomodarnos todos. Mi asiento nunca lo cambiaba, aunque a veces se lo cedía a ancianos, embarazadas, indigentes e inválidos que necesitaban estar en un asiento cerca a la puerta principal. Los autobuses de la ciudad de Nueva York me recordaban a las Ericas que tocaban los viejos condes del merengue típico en Jobo Corcovado—un pequeño pueblo de la provincia montecristeña—pero aquella música la sentía lejos de mí. Los sonidos de las güiras y los tambores, pronto y sin quererlo, desaparecieron entre las bocinas de taxis negros, los letreros en las calles y los libros en mi mochila.
Los primeros veinte minutos se los dedicaba al repaso de química, luego analizaba las respuestas que pedía míster Jackson y, solamente los viernes, memorizaba el texto para la clase de español. Completaba el trabajo de otras materias en casa porque el ruido del televisor o los inquilinos no me distraía. No hay que ser un genio para sumar dos números en una calculadora, pero para leer a Steinbeck se necesita un poquito más de concentración, se necesita la habilidad de poder leer desapercibido por los demás, de poder imaginar un mundo más allá de tu propia realidad. Para leer es menester soñar. Lo que me lleva al último libro en mi mochila: ¡Captain Underpants! Como dije anteriormente, lo leía porque me daba la gana, porque cierta parte de mí quería ser un superhéroe, porque por medio de sus personajes aprendí a soñar, aunque todo fuera hecho por mi propia imaginación.
—Next stop: Southern Boulevard —dijo el conductor.
Después de cuatro años—esperando el mismo autobús, escuchando al mismo conductor y sentándome sobre el mismo asiento—mi cuerpo se había adaptado a cada zanja de la carretera, a cada semáforo, a cada persona que entraba diciendo buenos días.
—¡Hasta la vista, don Mike! —le decía al conductor de costumbre.
Lo que más me gustaba de Mike era su habilidad de no conversar conmigo cuando me veía leyendo, no importara lo que fuera. Sabía que ni él ni yo existíamos fuera de este marco, que nuestras vidas solamente se cruzaban entre la avenida Fulton y el Bulevar Sur. Ya en la acera, en el frío, en la oscuridad del nuevo día, me agrupé a los cientos de estudiantes que por mi frente pasaban dirigiéndose a la escuela y el pequeño colmado de la esquina. Las aceras parecían estar hechas de chicle y basura y los portones de negocios cerrados propagaban el arte urbano. En segundos formábamos una manada dividida entre siete calles, el pequeño colmado se convertía en un embutido y nuestros pasos resonaban en marcha rumbo al estacionamiento de la escuela.
Aquel colmado servía sándwiches, jugos y otras chucherías, pero su servicio más lucrativo fue la guardería de celulares. En una esquina, compuesta por 100 cajitas de madera en forma de mueble para libros, los estudiantes dejaban sus costosos celulares al cuidado de los bodegueros por la simple tarifa de un dólar. Pronto las cajas se llenaban, obligando a algunos estudiantes a compartir sus espacios con otros; milagrosamente, nunca se perdió un celular ni mucho menos el de algún compañero. Aun así, algunos estudiantes mantenían sus celulares en los bolcillos hasta llegar a la escuela, en donde normalmente sí se perdían por seguro. Suerte la mía no tener que decidir, no tuve celular durante la secundaria, no porque no quería sino porque nunca me llamaron la atención. Vale mencionar que tampoco tenía novias que despedir por las tardes, amigos para ir al parque después de la escuela, familia viviendo fuera del cuarto al fondo del pasillo. Entonces, después de observar que me faltan los tantos motivos para tener un celular… ¿para qué necesitaba tener un celular un imberbe de dieciséis años que aún no terminaba la escuela y que apenas cargaba veinticinco centavos en los bolcillos?
Mientras viví en aquel sótano, solamente utilicé el teléfono de Vásquez para una sola cosa: traducirle a madre y al cobrador que le llamaba cada tarde a las 16:30, sabiendo que ya había llegado el traductor. El cobrador era un tal míster Smith que siempre saludaba de la misma manera:
—Good afternoon, this is Mr. Smith calling on behalf of Bally Total Fitness, this is an attempt to collect a debt. Is Ms. Rodríguez there?
A lo que siempre le respondía:
—No English, no here, yo no English.
Madre nunca fue una mujer gorda, robusta sí, pero no gorda. Su estatura siempre me pareció normal para una mujer de casi cuarenta años: la edad en donde todos comienzan a achicar, a volver a niños. Sus piernas parecían tener la musculatura justa y el ritmo adecuado sobre nieve; caminaba diariamente al departamento laboral del condado del Bronx, aunque fuese obligación gubernamental. Lo de su piel es una incógnita para mí; lo que vi a través de sus brazos lampiños, la reseña de sus piernas descubiertas más abajo de las rodillas, y la falta de arrugas en la frente bastaba para decir que tenía buen cutis. Claro que sufría de unos dolores en los tendones, que se quejaba de su debilidad en la espalda, que temía envejecer, pero no lo suficiente para inscribirse en un gimnasio. Se lo advertí—con poco resultado—cuando me enseñó el contrato que le ofrecieron los sinvergüenzas del Bally. Le expliqué lo fácil que era caer en un problema de reglamentos y mensualidades de la membrecía en caso de que no cumpliera con lo que se le pedía entre párrafos y párrafos de trampas. Algo parecido le aconsejé cuando comenzó a llamar el cobrador—no se olvide de pagar a tiempo—y algo parecido hizo ella: no me escuchó.
Por eso, ya en la escuela, trataba de enfocarme en las cosas que sí podía controlar y dejaba las historias fisiculturistas en el teléfono. La leche que tomara, la mesa dónde desayunara y qué hacía mientras desayunara eran algunas de estas cosas que sí pude controlar. Chocolate, solo, y leer Captain Underpants hasta que sonara la primera campana. En mi vieja escuela las clases más complicadas daban comienzo a nuestro horario escolar y los electivos y recreativos hacia el final. Después del desayuno volvíamos a dividirnos como chivos por doquier. La cafetería estaba localizada en el último piso y separada de todos los salones de clases, las paredes estaban compuestas por ladrillos pulidos que reflejaban las sombras de nuestros cuerpos al cruzar y las gigantescas ventanas amarillas alumbraban las mesas grises, las losetas multicolor y el monitor negro que se sentaba en medio de todos observando.
Al salir, la cafetería parecía un campo de batalla lleno de cartones, huevos, cereal y leche rosada. En seguida, un señor blanco—de esos que no encuentran cuándo morir, que ya no saben cómo diablos han permanecido tantos años trabajando en el mismo lugar—barría con una escoba de tres metros, con flecos largos y fuerte astil. Nunca escuché su voz, pero tenía una forma de silbar impresionante; seguro ha muerto, vuelto al polvo. En mi último año escolar las clases no resultaban tan complicadas, en cierta forma pensé que era un repaso. Las clases más interesantes eran la química, estudios sociales y literatura. No tanto por el material o los temas que discutíamos, sino por la forma en que los maestros enseñaban con seriedad y respeto. En la clase de química, mi primera clase del día, míster Palermo dejaba que los estudiantes desarrollaran autosuficiencia y que avanzaran su entendimiento de la química por medio de experimentos y proyectos de grupo. No le gustaba la pizarra y mucho menos insistirles a los estudiantes que hagan su trabajo; para él, el que quiere puede y el que no, que se joda.
La segunda clase, en el mismo pasillo que química, la aborrecía. La matemática nunca fue de mi agrado, no porque no comprendía sino porque me aburría sumar y restar números. Obvio me queda que es necesario aprenderla, pero lo hacía por necesidad y no por querer. Contrariamente, en mi próxima clase—literatura—completaba el trabajo por gusto, era una de mis favoritas y la que más me retaba. Míster Jackson elegía libros que nos impactaran, no por el simple hecho de leer, sino por las ideas que propagaban el autor o los personajes. Buscaba desconocidos, temas fríos y sabiduría. Al leer, me complicaban las palabras que nunca usé en oraciones, que nunca leí, que nunca aprendí; las repasaba en la tarde con el tutor de la escuela y de camino a casa las repetía en voz alta.
—John… —daba lista míster Jackson.
—Here! —respondió.
—Patricia… —nadie respondió, ausente.
—Sarah… Jessica… Amanda… —continuaba.
—Present! —decían algunas.
Una gran parte de estudiantes llegaba tarde a la escuela. Distraídos por las novias, los novios, las peleas, las revanchas, los celulares, las llamadas, la mota, el alcohol, los culos por las puertas, los condones tras de las escaleras, las chucherías, el descanso, el autobús, el tren, la alarma, la cama, un primo, una hermana, un golpe en la cara, un dolor en la espalda. Entraban a los salones sin explicaciones ni disculpas, como Pedro por su casa. Se sentaban con sus audífonos aún puestos, tocando música moderna: Hip-Hop y Reggaetón.
—¡A ella le gusta la gasolina, dale más gasolina! —cantaba Ramón cada vez que llegaba tarde—. Ei, míster Jackson! ¿Cómo está, profe?
—Where have you been?! Is this how you…? —lo regañaba el maestro frente a todos.
No le respondía y seguía escuchando música mientras sacaba una hoja de papel estrujada, un lápiz sin punta y ni hablar del borrador.
—Dime ave, manín —me dijo Ramón, se sentaba detrás de mí. Casi me sacó la mano de los bolcillos para que lo saludara con una fuerte palmada. Justo lo que necesitaba, más atención…
Míster Jackson continuaba gritando, —Are you listening to me, Raymond?! —pronunciaba su nombre como si fuese inglés.
Tocando mi hombro con su dedo índice, me preguntó Ramón: —Oye, ¿Qué dice el profe?
Fruncí el ceño de inmediato; me sentí tan incómodo. No pensé ser parte de la discusión, tampoco tuve muchas opciones con el nuevo cuarto año de Puerto Rico justamente a mis espaldas, necesitando mi urgente ayuda. Pero me hice de cuenta que estaba en casa a las 16:30, que era una llamada telefónica entre madre y el cobrador, míster Smith. —Él te está preguntando que: ¿Dónde has estado? y si ¿Crees que éstas son formas de entrar a una clase? —le traduje nervioso, esta vez logrando entender.
Se quedó cayado por un segundo, sonriéndome. Era alto y fuerte, de esos estudiantes a los cuales los maestros le toman miedo, por la duda de que se ofendieran y les pegaran frente a otros estudiantes. La vergüenza más grande que puede recibir un maestro, de cualquier persona, es ser golpeado por sus alumnos. Ramón jugaba fútbol americano para la escuela y vestía su playera sudada, sucia cuando jugaban en casa. Era blanca—la traía puesta—con líneas negras en los bordes, el número 37 en la espalda y las iniciales de la escuela (SGHS) en el frente. No apestaba, pero tenía ese olor a gimnasio y sudor que tanto cuesta sacar de entre las narices.
Continuaba sonriendo y miraba el reloj: 10:45. Faltaban quince minutos de clase—los suficientes para cerrar el libro de Du Bois de una vez por todas—pero con toda la conmoción, me parecía difícil terminar antes de irnos de vacaciones.
—Sit down, Raymond! —le gritó Jackson para que se sentara.
—Okay. Ya, profe. Sorry —se disculpaba Ramón—. Oye, dile a este tipo que es que todavía me estoy aprendiendo las rutas—no arrastraba la erre—que la segunda guagua no la pude alcanzar—intercambiaba erres por eles—y que cuando por fin llegué… le pedí a la miss de la oficina que me diera algo de comer—su aliento olía a cereal azucarado. Continuaba traduciéndole al profesor, cual nos miraba de reojo pidiendo que llegáramos al grano y que avanzáramos la historia de Ramón con uno de esos ademanes que parece como si estuviésemos enrollando hilo de chichigua sobre palo y dedo. Así lo hice.
—¿Algo más? —le pregunté a Ramón.
Ya estaba harto de traducir y me ardía saber cómo iba a terminar el libro de Du Bois. No niego que, hace ya un mes, leí todas menos una página del libro—la estaba guardando para leerla junto a Jackson. Pero Ramón nos miraba sonriendo de oreja a oreja, ya en su asiento con la música apagada, sin responder.
—Mala mía, míster —contestó.
—Okay, where were we? —preguntó Jackson tratando de regresar a la lectura.
Ese día sobraron cinco páginas antes de sonar la campana, nunca más volvimos al libro de Du Bois y todavía imagino—mintiéndome—que la última página nunca existió.
—Oye, ¡manín! —me llamó Ramón saliendo de la clase—. ¿Eres dominicano verdad? —ahora intercambiaba las eses por jotas.
Le contesté con el movimiento de mi cabeza mientras caminaba contra la corriente de estudiantes que nos hundía en el pasillo. En nuestro piso solamente aceptaban cuarto años y aunque la escuela era inmensa, los quinientos estudiantes—4:1 (m, f)—salían todos a la misma vez—sincronía absurda, resultado de la educación enlatada—creando un enjambre de avispas y abejones. Los relojes de cristal roto a lo largo de los pasillos indicaban las 11:03, dos minutos antes que comenzara Carpintería Avanzada. La fructífera conversación entre Jackson y Ramón me estaba costando caro y al verme ahogado en este mar de holas y burbujas de amor, opté por usar el as bajo mi manga. ¡A la escalera 4A!
Dicen que más de setenta por ciento de la comunicación se compone por el lenguaje corporal, pero—aunque no se lo pedía mi cuerpo—me seguía como perro a su amo. Ya frente a la puerta de la escalera, restaba un minuto treinta segundos; no había tiempo que perder. Pasé y corrí hacia el primer escalón, mi perro detrás, y antes de llegar al fondo escuché un fuerte ruido, una voz reconocida: el monitor del piso cuatro.
—¡Ch! —siseó el monitor.
—¡Mierda! —pensé.
Nunca me habían llamado la atención en la escuela y casi caigo como cubo de hielo a fondo de copa. Dentro de mi leve síncope, desarrollé posibles respuestas a mi errónea decisión, imaginé posibles castigos empleados por el director, madre y Vásquez. Tenía que actuar rápido si aún pensaba llegar a tiempo al salón 430B.
Seis segundos después, abrí la boca, no sé por qué.
—No, tú no… —dijo el monitor en falso castellano, sacándome de la ecuación—. Raymond, aquí por favor.
El sudor comenzaba a deslizarse entre las curvas de mis sesos, mis manos las sentía pegajosas, mis rodillas temblaban y, aun así, el maldito Ramón seguía sonriendo, esperando una traducción. A nuestras espaldas, una larga—quisiera llamarle diáfana—ventana nos enmarcaba y dábamos la impresión de un cuadro en el MOMA, antes del rapto. Pero aquí—en el fondo de la escalera 4A, bajo la misericordia de un monitor esquivo y los rayos quemando nuestra piel—no ocupábamos de lienzos, brochas u óleos. Y todavía sonreía: ignorando su alrededor, ignorando las tantas tardanzas y suspensiones en su récord escolar, ignorando todos los paquetes de trabajo que nos iban a entregar para las vacaciones de Febrero.
Mirando directamente a las canicas marrones en los huecos de mi cráneo, Ramón me hizo una señal. Tal vez fue un presentimiento que desarrollé en el momento y que aquella señal nunca existió, que fue todo parte de mi imaginación, pero lo que sí tengo por cierto es que, en el próximo segundo, todo cambió.
¡Bip! El G-Shock rojo en su muñeca derecha vomitó un sonido de hora cumplida.
—¡Ahora! —gritó Ramón pasándome por el frente.
Me comporté igual que en la mañana, antes de llegar a la escuela, antes de comenzar a correr… cuando—en la avenida Fulton, esquina 168—tío Vásquez pidió que no fuera a la casa después de la escuela; elegí entre mis retas y mis restas: corrí, junto al bori. ¿Qué pensará van Eyck sobre el futuro de mi realidad? ¿Qué pensarás tú sobre la tuya?
Reaccioné y le seguí. Por lo que pude ver, brincaba los escalones de cuatro en cuatro con sus largas piernas y se deslizaba por los rieles dándole estilo a la fuga. Al estar vacía, su mochila negra flotaba igual que la capa de algún superhéroe en acción: ¡Bori Man, al escape! Los ruedos de sus jeans cubrían gran parte de sus botas, y la playera que llevaba puesta—la del número 37, la de color blanco con líneas negras en los bordes, la que olía a gimnasio y sudor—le llegaba más abajo de las rodillas. Detrás, saltando de su silla con todas sus llaves y libras de peso, don Rana (Monitor 4A) nos persiguió hacia el fondo de la escalera. Se agarraba de los rieles como podía soltando unos coños con cada paso. Hasta que, pensando que era otro estudiante de la escuela, don Rana, tropezó y quedó rendido en el suelo, sofocado. Escuché el alboroto al estallarse con todas sus llaves de bronce por medio de la ventanilla, quise ayudar al verlo rendido, pero entre retas y restas no hay tiempo que perder.
Mi reta era llegar a Carpintería Avanzada lo más antes posible sin que nadie me reconociera. Había llegado al tercer piso, al otro lado de la puerta que jamás crucé. Escuché la primera campana sonar en el pasillo, todavía faltaba un minuto. Definitivamente, los estudiantes de tercer año, los juniors, coexistían de manera muy distinta a los estudiantes de último año, los seniors. Caminaban como zombis ojeando celulares y escuchando música por medio de audífonos; ni cuenta se dieron que un senior había entrado a su mundo. El caminar de todos era lento, pero consistente. Rozaban hombros contra paredes de ladrillo amarillo para guiarse y llegar a los salones de clase. ¡Dejando un gran espacio vacío para yo correr! Fue un pensamiento, no corrí. Me di cuenta de que, justamente en la confluencia del pasillo A y B—el que unía a las ciencias con las artes, el da Vinci—otro monitor velaba los estudiantes, pacientemente. No supe que hacer, seguro me va a ver, pensé.
Los segundos se convertían en minutos y mientras más cerca estaba del salón, más pude oír los segunderos de los relojes de cristal roto gritándome, colgados. Un segundo tic, dos segundos tac, tres… Hice lo conveniente: saqué la calculadora que había dejado en los bolsillos de mi abrigo y caminé sigilosamente rozando mi hombro derecho a lo largo de la pared. Todo iba bien con mi cabeza abajo, enfocado en el 'celular'. ¡Estuve tan cerca! Casi daba la vuelta hacia el pasillo B, hacia el pasillo debajo del salón que buscaba, hacia la escalera tuberculosa (3B) de Carpintería Avanzada. Hasta que—no de la nada—del radio que llevaba guindado de la correa, provino la transmisión que temí escuchar.
—Alert! Alert! All security, do you copy?
—Monitor 3, monitor 3… over! —respondió el segundo monitor a un brazo de mí.
—Two seniors, third floor! —lo último que respondió.
—10-4!
Se puso unas gafas negras de esas que usan los agentes y rastreaba los dos estudiantes corredizos como si fuesen un virus dentro de la matriz. Pero igual que el cobrador míster Smith, este monitor había cometido un grave error. Bueno, en verdad, el error lo cometió don Rana cuando anunció que éramos dos estudiantes. Fíjense que, cuando comenzamos a correr, Ramón saltaba un cuarto de escalera por cada paso y cuando no le era suficiente rapidez, deslizaba su culo sobre los rieles en forma de monopatín. Pero hay algo que es menester aclarar: Ramón y yo nos dividimos en el piso 3; él continuó corriendo y deslizándose sobre los rieles hacia el segundo piso y yo me quedé en el tercero. Como ya he dicho, mi reta era llegar a clase antes de la segunda campana, la que indica tardanza. La de Ramón no la sabía ni me importaba. De cierta manera este grave error me dio un sentido de seguridad, de que a lo mejor podría salir de estas sin recibir ningún castigo, de que podría: llegar a clase, saludar al maestro y continuar trabajando en mi proyecto. Pero, igual que los monitores, yo también cometí un error.
En el 2002, las escuelas públicas de la ciudad de Nueva York cambiaron su sistema de seguridad. Comenzaron por limitar el número de entradas a cada escuela, cerrándole el paso a todo tráfico innecesario. SGHS—en donde corrí como chivo sin rienda aquel día—tenía cuatro entradas, pero solamente una permanecía abierta para el staff, alumnos y visitantes a la vez. Las otras tres, con el tiempo, se convirtieron en zonas de jangueo para los seniors, debido a la oscuridad y la poca autoridad. A veces pasaban el día completo desapercibidos, en su propio mundo, debajo de los escombros de escaleras. Algunos compartían electivos conmigo y recuerdo las veces que fueron marcados ausentes sabiendo yo que muy debajo, en la recoleta de la escuela, estaban todos en frenesí. Por fuera, las ventanas—no sé cuántas habían—fueron reforzadas con finas verjas de ferro y níquel, y por dentro: una calcomanía aplicada para dejar entrar la luz, pero no la vista.
También escuché a la salvadoreña una noche decir que las escuelas de esta vecindad valían de la ayuda de un sólo monitor y que las cámaras fijadas en cada entrada, junto con el constante rastreo de problemas a lo largo de todos los pisos, resultaba suficiente, hace ya más de diez años. Pero ya no era igual. Aun siendo una escuela pública, de bajos recursos y alta incidencia de pobreza, SGHS cambió de sólo un monitor a seis: uno en cada piso y dos velando las cuatro esquinas de la escuela. Por colmo, el lado de la escuela que necesitaba más de la atención de los últimos dos—frente al colmado—sirvió como una arista entre la escuela, el colmado y los dos monitores. Se pasaban el día comprando café y contándose chistes cuando volvían al ciclo laboral. Trabajadores que—utilizando la ideología propagada en mí por tío Vásquez—tenían una sola definición y servían para una sola acción: comer mierda y servir de botella. Lo que le faltaba a Vásquez de tarabilla le sobraba de sabio.
Pero el cambio más caro y, ¿por qué no?, el más útil fue la compra del detector de metales. Su poder omnisciente siempre impresionaba mi vista cuando de reojo observaba la pantalla sepia. La máquina podía penetrar con rayos y reflejar la oscuridad que algunos estudiantes con ellos traían; calificaba la gravedad del objeto casi inmediatamente y, por colmo, no sabía mentir. ¿Cómo podemos crear máquinas que hacen cosas que nosotros no hacemos? ¿y cómo lo hacemos sin dudar lo que pueden hacernos a nosotros? ¿Será que así nos pensó el ausente creador?
Lo que no dudé ni nunca dudaré, fue aquel ademán de mal agüero que recibí del monitor al verme derrotado, dando marcha atrás.
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