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Recoleta

Una novela

by Chico Montecristi

Capítulo UNO: Capítulo Uno

Duermo por no querer estar despierto, porque he creado un mundo a mi manera con mucho esfuerzo y sueño, duermo hasta poder lograr jamás despertar. No me agrada pensar que todo comenzó en aquel sótano mientras madre brindaba y bailaba al son de punta y bachata. El armario de la sala—mi dormitorio—yacía justamente al lado de las bocinas, al igual que el reclinatorio de mi tío, cual se pasaba de noche al alba gritando barbaridades y juzgamientos en forma de oratorio. Fue un importante político montecristeño en los tiempos más reverentes dentro del partido de los blancos; se había acostumbrado a los discursos, a la retórica social. Sociedad que, para él, sufría de cortedad.

Sufría de diabetes, mi tío Vásquez. La última vez que escuché sobre él fue cuando le amputaron la pierna restante, la comadreja. Por colmo, la primera imagen que se me vino a la mente al escuchar esta noticia fue la negra escalera de piedra maciza que daba paso al afuera, a la superficie, al piso encima de los escombros. Me imaginé las grietas de cada escalón, la falsa contrahuella y la escarcha oscura formándose sobre cada nariz—pensé en su piel fofa golpeando el tramo al resbalar y en las muletas cruzadas al pie de la puerta.

Aun cuando ya poco hacía, Vásquez, encontraba formas de mantener su virilidad invitando a compatriotas para discutir sucesos entre copas de whiskey y botellas de cerveza helada, halando a mujeres a su asiento, haciéndolas bailar contra la comadreja, y hasta daba unos pasos en la avenida Fulton, asegurándose de disimular su cojera. Nunca le vi fumar, aborrecía los cigarrillos y el fuerte olor a mota que permanecía en los pasillos del edificio—el dueño era un judío, al igual que el resto de los edificios en aquella corta avenida.

Tío todo lo hacía mientras fue encargado del mantenimiento de los cinco edificios, cada uno de cinco niveles y cuarenta apartamentos, exportador de motores refrigerios, representante político del comité de los blancos en el condado del Bronx, obrero de losetas, carpintero, albañil y, más que todo, promotor de fiestas. El don lo sabía y hacía todo, un nato handyman como se nos ha acostumbrado a decir. Un handyman que se estaba quedando sin dedos, vale la pena notar. Mientras más dedos le amputaban más se emborrachaba, rodeado de queridos compatriotas segunderos, las dulces salvadoreñas y una taza de leche, para aquello de la diabetes. Nunca me molestó su alcoholismo y con el tiempo me pude adaptar a las largas noches de baile y música, pero lo que nunca soporté fue su capricho de sacarme de mi dormitorio para verme bailar con una de las borrachas o de tomarse un trago de whiskey conmigo. Me enfadaba y él lo sabía. Se reía al ver mi timidez, mis brazos cruzados tras mi suéter de lana gris.

Las plantas de mis calcetines se mojaban casi inmediatamente al pisar las huellas de aguanieve y sal sobre las losetas blancas. Con el dedo índice formando un ademán semejante a un remolino, Vásquez, le señalaba a una de las muchachas para que me acompañara a bailar un merengue y a veces bachatas. Las caderas siempre paralelas a mi frente, besos de labio a labio. Con todas sus incógnitas, no sé a qué se debía el tanto respeto que le tenía a mi tío, en todo caso no era mi tío. Vásquez fue el padrastro de madre hasta que su madre, mi abuela, su esposa, falleció. Y al divorciarse madre del americano que nos trajo a estados unidos después de pasar aproximadamente cinco años casada con él—tiempo sugerido por abogados cuando se quiere obtener documentos americanos, legalmente—nos vimos obligados a buscar dónde vivir.

Antes de mudarnos, ya sabíamos algunas reglas: prohibido fumar, cada quién limpia lo suyo y las estampillas de comida deben de pasar por una inspección introductoria antes de ingresar al sótano. Como el agua… lo que aún no teníamos claro era ¿cómo llamarle? Tío Vásquez, la decisión.

La primera vez que fijé mi vista hacia abajo, hacia la puerta en los escombros rodeada de botellas rotas, gatos y ratones fue al oír el gruñido estremecedor surgiendo de la garganta y el pecho del, ya antes asignado, tío Vásquez mientras se desperezaba. Desde lejos pude notar sus ásperas manos, forjadas con una mezcla de carbón, cemento, hierro y yeso. Se perdían en las paredes de ladrillo, en sus líneas abrasivas, en la luz del sol de invierno justo antes del ocaso, en las rupturas de sus uñas semejante a las ventanas, en la negritud de las palmas resemblando a aquellos que, contra la pared, se recostaban. Dio el último paso—prefiero muletazo—hacia afuera, intercambiamos saludos entre abrazos y besos: natalicio de un tío en una tarde fría, en la corta avenida Fulton, Bronx, Nueva York.

Comenzó con lo cotidiano. Aquel ¿te acuerdas de mí? y el ¿sabes que te cargaba cuando apenas habías nacido? Preguntas que, en mí parecer, son retóricas y respuestas, en general, me faltaban. ¿A quién no? Pero hice lo que hubiese hecho en cualquier situación, de haberme sentido extraño—sonreí. Ya había mudado todos mis dientes para aquel entonces; sonreí con orgullo, con todo y diastema. A mi madre nunca le ha gustado, piensa que ha sido un descuido propio mientras apenas fui un niño, algo de meterme la lengua donde no debía. Me lo repite cada vez que nos vemos, ¿será que piensa que algo va a cambiar?, ¿que habrá un repentino cambio en mi diastema en el transcurso del declive de mi cuerpo?

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