CHAPTER DOS
El nido, las dunas, la corona verde
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Como pájaro de cuatro dedos...
— Noches de maya
Como pájaro de cuatro dedos formo un nido de canas y hojas de palo verde. Dispongo de una rama llena de espinas lejos del polvo. Al pasar el cuerpo tibio de un lagarto escurridizo pongo la primera pieza que apoya lo demás. No pienso en la distancia del charco que seca, ni de la brisa fría que de noche cae sobre mi árbol, sólo la firmeza en el mecer de mi rama complace mi deseo amargo de poner una pluma más sobre su tronco. La sierra en el horizonte de picos en curva, piedras cuarteadas por el tiempo y la lluvia de agosto, algunas muestras de la muerte fijadas en huesos entizados, en los picos sedosos de buitres y en la suave piel endurecida de un alacrán.
Entre las nubes, aún más alto que la montaña, se posa un águila que al parecer era hombre y a la vez mujer, ambos en uno, volaba sin complejos ni tormentos, sin inquietudes ni desechos. Miraba hacia mi árbol y descifra el gusano que cargaba entre mis patas. Imagino que a ella le gusta algo que vuela, algo que salta, algo que respira en la madrugada cantando.
Fui padre varias veces, pero a todos los dejé, algunos se criaron en el bosque, otros cayeron muy pronto de su nido. Si los veo, lo admito, no los reconozco. Ya sus alas han cambiado de plumaje y no recuerdo el matiz de sus ojos ni aquella suave muda que hacían cuando aún eran polluelos.
El sonriente cascabel con su lengua limpia sus labios, probando el moco de las membranas vírgenes y olfateando las yemas amarillas que endulzaban los pequeños huesos huecos que se formaban bajo el caparazón del huevo. Hay un gozo que no comparto con mis hermanos, sólo yo sé lo dulce que es la carne de un huevo fecundado.
Qué triste fue ver que uno ya tenía sus alitas formadas, su pico era marrón, así lo recuerdo, y muy arriba los huecos dibujaban su nariz. Nunca podrá oler la fragancia de la lluvia que cae sobre la sierra, ni beberá del charco que a veces se llena con el agua de agosto, ni cantará en la madrugada como sus hermanos.
Te veo de la parte más alta, la corona verde, te veo cuscutear entre las pajas tus agujas, pero ya no están, para qué te lo digo. Mira más debajo y verás que sería mejor dejar aquello en el olvido. Aunque no lo creas, aún vuela la madre, buscando semillas y raicillas para llevar a los que se quedan dentro de los nidos.
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2025
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